Sergio Cuello, presente: “Que no haya más un muerto por gatillo fácil”

El miércoles pasado se cumplieron seis meses del asesinato de Sergio Cuello, muerto en manos de la policía cordobesa. Conversamos con Priscila, amiga, hermana y compañera de Sergio en la Organización Barrial Libres en Lucha. Lo recordamos vivo, alegre y comprometido, exigiendo justicia y verdad.
Por Redacción La tinta

A Priscila le dicen “Lula”, tiene 19 años y una gran sonrisa. Se olvidó la gorra, el único recuerdo material que conserva de Sergio Cuello. Pero trajo otras cosas para recordarlo: su memoria detallista, algunas fotografías y una pancarta con el rostro de Sergio sonriente y posando para la cámara. Preparamos el mate y comenzamos una larga charla que nos llevó por la vida de su hermano de la vida. Sergio, asesinado por las balas que disparó la Policía el 27 de junio de este año. Sergio, el que en poquitos días estaría cumpliendo 30 años. Sergio, ahora y siempre.

Las flores y el dinero
Sergio y Lula fueron muy unidos. Vivieron durante su niñez unos cuantos años juntos, cuando Petaca, el papá de Sergio se casó con la abuela de Lula. Cuando eran pequeños, ella recuerda que hacían muchas travesuras. Se juntaban al frente de su casa y se iban a dar vueltas a la plaza, o a veces, cuando no sabían donde ir, recorrían el cementerio visitando los parientes desconocidos de Sergio. De las tumbas con flores, él tomaba “prestadas” algunas de ellas, para dejárselas a aquellos finados que no tenían ninguna. Los niños fueron creciendo durante la década del noventa, mientras en el país, las políticas neoliberales precarizaban trabajadores y el presidente Carlos Menem anunciaba que gobernaría para los niños pobres que tenían hambre y para los niños ricos que tenían tristeza.

Sergio Cuello creció en la parte pobre de barrio Altamira, en la zona este de la ciudad de Córdoba. Cuando era muy pequeño, falleció su madre Cristina. Él quedó viviendo con su padre, que salía a trabajar en la construcción para juntar el mango. A veces, Sergio lo acompañaba mientras lo observaba e iba aprendiendo el oficio de la albañilería. Otras veces, gran parte de su tiempo, quedaba sólo. Y así empezó a patear las calles de la ciudad, “rebuscándosela”, nos cuenta Lula mientras se le cuelan lágrimas por el rostro: “Tuvo una vida re dura. No conseguía trabajo, por el barrio, por la pinta, por la junta, por todo. Nunca consiguió un trabajo estable. Todos los días salía y hacía changas. Hacía construcción. Sabía mucho. Mucho no le pagaban. Se ponía a buscar otra cosa. Hubo un tiempo en que trabajaba de construcción y por la noche delivery. Salía de uno y entraba al otro porque no le alcanzaba la plata”.

Las paredes
Sergio Cuello se acercó a la organización barrial La Barranquita, después de mucha insistencia de algunas vecinas que participaban de la copa de leche y del apoyo escolar que daban a más de 50 niñas y niños del barrio Altamira y Maldonado. Él vivía al frente del espacio donde ocurrían estas actividades. Lula cuenta que lo hizo de manera tímida, asumiendo cada vez más tareas hasta ponerse al hombro las bolsas de cemento para la construcción del salón comunitario allá por el año 2006 y colocando esos primeros ladrillos que albergarían el crecimiento de la organización comunitaria. Lula recuerda que las niñas y los niños se acercaban mucho a él. Sergio jugaba al fútbol en la canchita con ellos, les hablaba, los hacía reír.

Tiempo después, la Justicia, la misma que hoy está dejando impune su asesinato, lo condenó a 4 años de prisión por participar de un robo. Durante ese tiempo, Lula se comunicó por medio de cartas con Sergio, en las que él escribía que se sentía mal y solo, pero donde también transmitía “buena onda por más que estuviera ahí adentro”. Eso fue la primera vez que “cayó preso”. La segunda vez, estuvo en la cárcel dos años por un robo que no cometió. Las paredes de la cárcel se levantaron alejándolo de la organización barrial.

Los alborotos y las risas
Este 2017, un grupo de compañeras invitaron a Sergio nuevamente a sumarse a construir organización barrial. Así, se sumó a Libres en Lucha, en el Encuentro de Organizaciones (EO), y volvió a ser parte de la vida comunitaria de su barrio. El día que decide empezar a participar de las actividades del salón comunitario, había comedor. Lula cuenta que fueron juntas, y que él le decía que no lo dejara sólo porque tenía vergüenza, a lo cual ella le respondió: “Qué vergüenza podés tener, si te conocen todos”. Así, los lunes, miércoles y viernes, Sergio trabajaba en el salón dándole de comer a más de 50 niñas y niños del barrio.

En ese primer día de trabajo libre, en lucha y organizado, Lula le pidió a su amigo que hiciera callar a los chicos porque estaban gritando, así podía preparar tranquila la comida. Sergio se sentó en un largo tablón entre los chicos y se puso a cantar a los gritos, entro los cantos y risas de tantas infancias juntas. Cuenta Lula que en ese momento lo regañó. Sergio se empezó a reír: “Se reía él porque nosotros lo retábamos a él diciéndole que se calmaran un poco y él los alborotaba más”. No hubo posibilidad de seguirlo regañando. Sabía sacar sonrisas. Y en medio de tanto alboroto, también sabía recoger preguntas de niños que le iban compartiendo sus sueños.

La milanesa y los caramelos
La comunidad significaba mucho para Sergio. Y se comprometía con el “hacer” desde un lugar muy esencial: le importaba mucho cómo se sentía el otro, la otra. Al respecto recuerda Lula: “Nosotros a veces no teníamos de dónde comer, él tenía una milanesa y si la tenía que repartir en 10 para que todos comieran, lo hacía. No le interesaba lo material, ni nada de eso. Siempre lo que uno sentía, cómo estaba la otra persona. Siempre fijándose en ser atento. Cuando cobraba hacía un pollo asado y nos invitaba a todos los que nos juntábamos de la barra. No había mucho para comer pero él invitaba”. Cocinaba de todo, dice Lula: “Se las ingeniaba para hacer comida. Por ahí renegaba. Si no teníamos veía qué hacer rápido, pero siempre hacía comidas diferentes, aunque el arroz se le pegaba y puteaba”. A veces acompañaba sus comidas con canciones viejas de Damián Córdoba, Ulises Bueno o la Mona Giménez, pero en general, prendía la radio para escuchar que se decía del mundo.

Compartía lo que tenía, siempre, excepto cuando compraba caramelos, que a regañadientes daba uno a quien le pedía. Un día, cuenta Lula, llegó con una bolsa enorme, llena de dulces con envolturas brillantes y empezó a repartir. “A nosotros nos parecía raro porque a él le encantaban los caramelos y le tenías que pedir para que te diera. Daba de todo menos los caramelos, si le pedías te daba uno y conformate, pero vino un día así, con una banda de caramelos. Y agarró y empezó a convidar. Agarramos, nos pusimos a comer, y eran re ácidos y se empezó a reír de las caras que hacíamos por los caramelos”. Su risa llega hasta nosotras.

Ramiro y Lirios
Sergio fue padre de un hijo que se llama Ramiro (que hoy tiene 10 años) y una hija que se llama Lirios (con algunos meses de vida). Cuando Lula los nombra, vuelve a pasar por su corazón el momento en que Sergio propuso el nombre de la niña: “Me acuerdo que estábamos un día la mujer de él, Sergio y yo, y nos pusimos a hablar del nombre que le iban a poner a la nena que venía. Ellos dos decían y yo les decía si me parecía lindo o no. En una de esas sale él y dice ‘Lirios Gabriela le voy a poner a mi hija’, a lo cual le dije ‘ese nombre no, la chica te va a odiar, cómo le vas a poner eso, además ¿qué es lo que es Lirios?’ porque era la primera vez que escuchaba esa palabra. Y me dice ‘es una flor y mi hija va a ser una flor grande y re linda’. Decía que ella siempre iba a florecer en todo momento. No sé de dónde la había sacado”. Lirios nació el 19 de marzo. Cuenta Lula que unos días antes que él falleciera, “él iba a ir a hacerle el documento a la bebé”.

 

Las piqueteras y los disparos
A Sergio Cuello lo mataron el 27 de junio de 2017. Por el asesinato, están acusados los dos policías que dispararon: Franco Ezequiel Calderón y Esteban Emanuel Carrizo, ambos imputados por homicidio agravado por el uso de arma de fuego, según el artículo 41 bis. El caso está a cargo del fiscal de Instrucción Pedro Caballero, Distrito 2, Turno 3.

La fiscalía debe indagar si los disparos que salieron de las armas reglamentarias de los policías acusados fueron en legítima defensa o si abusaron de su cargo. Hay nueve vainas de 9 mm que fueron encontradas en el lugar donde mataron a Sergio. Todas, de la Policía. El dermotest -peritaje que se realiza para determinar si existen rastros de pólvora en la piel- dio negativo en el cuerpo de Sergio Cuello. Esto se convierte en un fuerte indicio de que él no disparó. Por ende, los uniformados que no están detenidos, estarían mintiendo al decir que dispararon en legítima defensa. Además, el testigo presente en la escena en que se produjo el asesinato cuenta un relato muy distinto a la versión “oficial” llevada adelante por las fuerzas de seguridad.

El día de su muerte, Sergio no iba a estar en su barrio. Sus pasos iban a marchar por el centro de la ciudad, junto a las compañeras de su organización. Pero cuando Lula lo fue a buscar, cuenta que le dijo ‘Negro, vamos’ y que él le respondió que no. Que no tenía plata y que iba a ver si vendía un par de bolsas de consorcio, “y a la noche comemos algo”, le dijo Sergio. Y continúa narrando Lula: “Nos fuimos, yo tenía que cruzar la canchita, ir a buscar a mi abuela porque ella también está en la organización. Nos íbamos yendo a la parada y Sergio nos gritó ‘¡Eh, manga de piqueteras. Van a hacer quilombo en el centro!‘”. Ellas se fueron riendo y él les dejó esa frase de regalo, las últimas palabras pronunciadas hacia las compañeras de la organización que salieron a luchar.

El mar y la presidencia
Sergio Cuello soñaba, y a lo grande. Quería hacer un viaje largo, donde nadie lo conociera: “Él le decía un viaje largo a la playa. Quería conocer el mar. Siempre decía que el día que tuviera mucha plata se iba a ir de viaje, cuando fuera presidente”, recuerda Lula riendo. Y nos deja imaginar sus carcajadas mientras nos cuenta que le decía “que él nunca iba a ser presidente”. Sergio, entonces, empezaba a cantar: “Se siente, se siente, el Sergio presidente”. Todo continuaba en más risas.

Sergio Cuello ya no podrá ser presidente ni tampoco hacer ese viaje largo al mar.

Desde que lo mataron, empezaron a andar civiles por Altamira que preguntaban casa por casa cómo era Sergio, si salía a robar en el barrio, si era malo.

Desde que mataron a Sergio, la organización barrial Libres en Lucha no ha dejado de exigir que se investigue a fondo su asesinato y que se haga justicia.

Desde que mataron a Sergio, se sumó un nombre más a la larga lista de muertes por gatillo fácil en nuestra Córdoba represiva.

Ante esto, las palabras de Lula son contundentes: “Que la policía piense antes de tirar porque como fue el caso de Sergio, lo siguen haciendo. La policía mata a un pibe cada 25 horas. Queremos que no haya un Sergio más, que no haya más un muerto por gatillo fácil. Queremos la justicia para que los policías que lo mataron, sepan quién era él y todas las cosas que tenía por vivir”.

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