Dejá de hacerle el aguante

Por: Emi G. / Para Mucho Palo Noticias

Llego a casa y aún desde la angustia, empiezo a escribir estas líneas sobre lo que viví. Evité, junto a otra mujer, que lincharan a un pibe de 17 años en Nueva Córdoba.
Desde el local donde trabajo, salí al ver a lo lejos que un chico corría. De repente alguien lo intercepta y este joven vuela y cae al piso por el impacto. Su cuerpo queda desparramado en la vereda.

Será que tantas veces ahogue gritos y me arrepentí por no actuar que salí eyectada del local.

Todo era confuso, pero me propulsaba sentir, lamentablemente, por dónde venía la mano. “El pibe chorito”, murmuraban. Y al toque ya todos decían lo mismo en la cuadra. “Seguro robo el negro este de mierda”, “que vaya a laburar”.

No sé ni cómo pudimos salir del tumulto de gente. Recuerdo la mirada de ira del hombre que vomitaba un odio visceral: “seguro que robó algo, sino porque corría”. Su piel blanca, su cabello risado, y su ropa cool eran las credenciales que al pibe le faltaban para habitar este sector de la ciudad. Su rostro sospechoso no soporta ni un paso en falso que haga que llame la atención. Porque hacer notar su existencia solo le devuelve repudio.

Con la otra mujer que intervino lo abrazamos y empezamos a caminar. Como sea, pero teníamos que irnos de ahí. Cada vez había más personas solo vomitando odio. Si no nos íbamos, la ligábamos nosotras también.

Lxs tres temblábamos. El miedo, la bronca, el dolor, la tensión. El pibe se agarraba las costillas y su cabeza, y largaba gemidos suaves de dolor. Ni el dolor se permitía expresar, pensé. Quisimos acompañarlo al hospital pero no quiso, solo quería irse. Solo quería llegar a su casa.

La piel se me eriza de dolor. Al sentir que somos humanos comiéndonos unxs a otrxs, de igualdades abstractas y privilegios naturalizados e incuestionados. Esta historia es sobre un pibe que asustado corrió cuando sintió que querían pegarle, y en sus bolsillos solo llevaba chocolates. Esta historia es sobre un pibe que esta vez zafó.
¿Y si en sus bolsillos en lugar de chocolates tenía algo más? ¿Si hubiese tenido algo que no compró en la ciudadanía del consumo? ¿Qué tenía que suceder?
Pero tampoco puedo dejar de pensar que el golpe de gracia que lo hace caer nuevamente se lo propició el cuidador de autos de la cuadra, el naranjita que a diario me cruzo. Cuando le pude preguntar por qué lo hizo, no pudo responder. Estaba aún consternado, angustiado. “Me la mandé”, “a mi me pasa eso mismo todo el tiempo”, decía. Sí. A él también lo señalan, lo marcan, lo corren, le pegan.

Hay detalles que decido guardar. Pero deseo compartir que donde sea que estemos: que nuestros cuerpos no queden ahí, tan solo siendo observadores de escenas que parecen de ficción pero son hiper-realistas. Que nos afecte, que nos interpele, que actuemos.

Cada violencia del machote que milita la propiedad privada y el disciplinamiento social que tan solo desfila ante nuestros ojos, es una violencia que aceptamos tolerar.

  • La imagen que acompaña esta nota es ilustrativa.
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