Entre el viejo Jorge Julio López y el doctor Villar Cataldo

-Jorge Julio López: Resulta que ese día a mí no me hacía mucho la picana porque era con batería y no me hacía mucho, sentía el cosquilleo y todo. ‘Ahora vas a sentir -dice-, vas a ver’. Les dijo a los otros, cargándome, ‘che, prendela directo de la calle a la máquina’.
-Juez Carlos Rozanski: ¿Quién decía esto?
-JJL: Etchecolatz, ¡el señor Etchecolatz!
-JCR: Decía todo lo que está contando usted ahora…
-JJL: Todo, y mandaba a otro y el otro repetía. Cuando yo le digo ‘sí, sí, está bien lo que usted dice’: ‘Primero, guacho gringo, guacho de mierda, gallego, ¿qué mierda sos? Decime señor, señor comisario’. Yo pensaba, voy a esperar que me saquen a mí porque prefería que me maten y no que me dejen vivo. Hasta pensé, si un día salgo y lo encuentro a Etchecolatz, yo lo voy a matar, así pensaba. Y después digo, puta, y si lo mato… qué voy a matar a una porquería de esas. Un asesino serial, no tenía compasión. Él mismo iba y los pateaba así -lo muestra-.

(Fragmento de la declaración de López en el juicio contra Etchecolatz – 2006 – días antes de su segunda desaparición)

(Por Fernando Tebele para La Retaguardia)

Jorge Julio López no lo hizo. Lo pensó, pero como argumentó en su testimonio, no usó sus propias manos para hacer justicia. No fue a matar a Miguel Etchecolatz. En cambio se calzó su camperita roja de lana y fue a la justicia. Ese día, ante el tribunal, no tenía la gorra que tapaba siempre su pelo blanco. Recordó cada gesto, cada dolor, hasta imitó otras voces con cierta gracia. No lo mató. Dio testimonio.

Todavía es difícil reconstruir cómo fue exactamente el momento en que el doctor Lino Villar Cataldo mató a Ricardo Krabler. Sí se sabe que el joven intentó robarle la camioneta y no alcanzó a hacerlo. Cuatro disparos del arma de la víctima del robo lo convirtieron en un asesino. Lo mató.

Antes de escribir cualquier otra cosa, vale una aclaración: toda persona que haya sido víctima de un robo a mano armada sabe que nunca se puede asegurar qué haría uno ante esa circunstancia. Pero algo es seguro: se puede pensar antes de que el hecho ocurra. Es una decisión ir a la justicia. Es otra diferente comprar un arma y prepararse para, si alguna vez sucede lo no deseable, disparar y quitarle la vida a alguien. Ya la justicia determinará (o no) qué sucedió con Villar Cataldo y Krabler. El asunto somos nosotros. Es la sociedad. Y también son los medios tradicionales de comunicación.

Cabe hacerse algunas preguntas.

Si efectivamente López, que sobrevivió a esa serie de torturas a las que lo sometió Etchecolatz, lo hubiera asesinado en lugar de convertirse en pieza esencial para llevarlo a juicio y dar ese testimonio brillante que le costó su segunda desaparición, de la que estamos cerca de cumplir 10 años, ¿qué hubieran opinado la sociedad y los medios de comunicación? Escuché a periodistas o pseudo periodistas en el programa Animales Sueltos (¡qué nombre tan apropiado!), que se ha convertido en una suerte de coloquio de la derecha televisiva, diciendo que el Estado era el que tendría que haber hecho algo para que se evitara llegar a esta situación. Como el Estado no cumplió con su tarea, el médico se cansó, se preparó para matar y finalmente mató.

Si aplicáramos este razonamiento al caso de López, el mismo Estado lo torturó y les aseguró a los asesinos impunidad durante años; tendría que haberse cansado. Sin embargó él, y absolutamente todas las víctimas del Terrorismo de Estado, eligieron otro camino. A López su testimonio le costó una segunda desaparición, el 18 de septiembre de 2006, un día antes de la sentencia que condenó a Etchecolatz, el mismo que hoy quiere acceder al beneficio de una prisión domiciliaria con aroma a impunidad. Si López hubiese matado a Etchecolatz, en principio es fácil suponer que no habría desaparecido… Pero ¿lo hubieran defendido los animales sueltos en los medios y las calles? Porque también es cierto que hay un gran consenso social que permite actitudes como la de Villar Cataldo. Sea en defensa propia o simplemente para poder reírnos luego con el “Uno menos” de Eduardo Fachman o Feimann, como sea que se llame ¿Lo hubiesen protegido los medios al López asesino de Etchecolatz? ¿Veríamos zócalos del estilo de “López, el justiciero”? No, seguramente no. Y López estaría preso, ¿qué duda cabe?

Otro verso repetido en los medios tradicionales es el de “desideologizar el debate”. Imposible. Pero ya sabemos, el periodismo independiente dice que no tiene ideología. Cuando uno se para en un lugar determinado para contar la noticia, se posa en su subjetividad. Esa subjetividad está siempre cargada de ideología, conciente o inconcientemente. Cuando Fantino llora conmovido por el relato de Villar Cataldo, sus lágrimas tienen ideología. Mientras me enveneno mirándolos, mi bronca es ideológica.

Cuando el 18 de septiembre estemos en las diferentes marchas que reclamarán saber qué pasó con Jorge Julio López, dónde está, 10 años después, el testigo que no mató, nos pararemos en un lugar preciso: no somos como ellos. Pero el gran problema, además de los medios, es el consenso social. El reclamo por López se reduce a la masa militante –ni siquiera a toda, aunque este año habrá menos ataduras para quienes no se han sumado al reclamo hasta aquí-. El clamor por Villar Cataldo aún no se oye, pero se percibe. Seguramente quienes marchemos el 18 no queremos ser Villar Cataldo, pero tampoco López. No queremos matar, pero tampoco desaparecer ante un silencio atroz. Eso sí, forzados a elegir, no dudamos un segundo: somos Jorge Julio López, cueste lo que cueste.

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