EL RELATO DEL MIEDO

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Por: Bárbara Arias / “Los últimos asesinatos en Córdoba fueron cometidos por pibes de 14, 15 y 16 años”.. Tristísima afirmación y única justificación del Oficial Richard Matías de la policía de la Provincia de Córdoba.

En horas de la tarde de ayer, en una actividad de la Multisectorial Socioambiental de Córdoba que se desarrollaba en la explanada del Patio Olmos, hubo una irrupción poco felíz: dos policías de la provincia de Córdoba se acercaron de manera intempestiva para inquirir a un grupo de jóvenes que participaban de la actividad. La acusación era que alguien había denunciado que estos jóvenes la habían amenazado con pegarle una patada.

Ante el avance de la policía, que no dudaron en intimidar a los pibes y pibas, nos acercamos con dos compañeras rápidamente para ver que pasaba, la primera en intervenir fui yo, la que suscribe, y opté por dirigirme hacia los jóvenes y no hacia la policía:

-Todo bien chicos?

-No, nos están parando porque dicen que amenazamos a una chica con pegarle una patada..

Los oficiales se apuraron y uno de ellos me preguntó que quien era y que quería. La cámara de fotos que llevaba en el cuello los intimidó un poco, no tanto como para que el Oficial Richard Matías no se me acercara lo suficiente a la cara como para sentir su aliento a perro.

Les pedían los DNI a los pibes, ninguno lo tenía encima. Les dije a los chicos que no era obligación que cargaran el DNI, otro policía, un poco más retirado, pero igualmente atento e intimidante me gritó en seco y burlándose me dijo: “Cómo que no es obligación tener el DNI?”, le repetí a los chicos que no tenían obligación de tener el documento encima y les dije que no hablaran con la policía, que eran menores y que ellos no los podían interrogar así. Me asusté mucho.

Dos compañeras, también presentes, le hicieron ver a los policías que los pibes estaban pintando una bandera, que estaban participando de la actividad y que no los podían tratar como los estaban tratando. Los oficiales insistieron con la teoría de que el procedimiento estaba bien realizado y que los pibes debían tener encima el documento de identidad. El diálogo, si se lo puede llamar diálogo, se basó en una interminable cantidad de contradicciones por parte de la policía, malos tratos y mucha intimidación. Nada fuera de lo habitual.

Me permito despojarme del hábito de todo cronista y poner en primera persona parte del intercambio en ocasión de un procedimiento “aparentemente habitual” como es parar a los pibes en la calle. Se me hace imposible no reflexionar sobre la gravedad de esta situación y me estalla la cabeza al pensar que ayer mismo la justicia cordobesa condenaba al Comisario Márquez quien de acuerdo al fallo final “llevaba adelante un plan sistemático de detenciones arbitrarias con el fin de elevar las estadísticas de operativos policiales mientras se desempeñaba como jefe del Comando de Acción Preventiva (CAP) Distrito 8”. De acuerdo con el fallo de la justicia cordobesa, éste comisario bajaba órdenes directas de realizar detenciones (probadamente arbitrarias) con el fin último de elevar las estadísticas que contribuyen a un plan aún más siniestro como es la construcción de un relato contundente y de dominación: el del miedo.

Los oficiales hicieron mención de que en Córdoba los últimos hechos de asesinatos habían sido “cometidos por menores de 14, 15 y 16 años”, dejando en claro que la construcción del relato del miedo no es sólo obra de Márquez, sino que es parte de una situación coyuntural hacia adentro de la institución de seguridad de la provincia. Nos quieren hacer creer que está bien llevárselos presos porque son “potenciales asesinos”, porque en realidad el mensaje baja contundente desde un estado diametralmente opuesto a lo que se conoce como un estado inclusivo, pero categóricamente afín a la construcción de un estado policial marcado por la represión, la criminalización y el hostigamiento hacia los jóvenes que plantea históricamente el modelo de provincia que vienen forjando los sucesivos gobiernos justicialistas con José Manuel De la Sota a la cabeza.

La construcción de este relato tan perverso tiene por objetivo instalar el miedo, el odio y la desconfianza hacia el otro, la indiferencia, para que cuando pasemos por la calle no paremos el tranco a preguntar a los pibes que están contra el móvil si están bien. La construcción de este relato tiene por objeto naturalizar este tipo de procedimientos, invisibilizar a los de siempre.

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