La Carpa Antirepresiva Provincial, sigue en pié

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La primera Carpa Antirrepresiva Provincial (CAP) despertó el interés de todas las organizaciones independientes de los gobiernos, de los familiares y las víctimas de la represión del Estado y de la ciudadanía en general que acercó su solidaridad a la Plaza de la Intendencia.

Pero no fueron los únicos interesados. Durante los cuatro días que duró la instalación (del miércoles 27 al sábado 30 de agosto) la carpa fue invadida por una lista indefinida de infiltrados, agentes de inteligencia, y demás episodios confusos.

Nadie estaba ajeno a esta posibilidad, pero sí hubo sorpresa ante la cantidad de gendarmes, militares, policías de civil y de topos, que actuaron de manera organizada y con tácticas bien definidas.

Algunas de las situaciones más evidentes se pueden describir en detalle.

Los Autos Militares
El primer día se detectó un auto tipo Chevrolet Corsa con patente DTR 266. El vehículo pertenece a un agente del Ejército Argentino, que según su Curriculum Vitae cuenta con la siguiente experiencia: “soldado, comunicante, paracaidista, especialidad en comunicaciones, experiencia en seguridad, conocimientos en armas de fuego”. El auto se instaló los tres primeros días, en distintos horarios, permanecía desocupado y desaparecía de repente.

El tercer día se produjo el incidente más grave de la carpa, íntimamente asociado a la presencia de este auto. Todo empezó cuando un grupo lo rodeó para identificar a su dueño. En ese momento alguien subió a una camioneta que estaba estacionada al frente del Corsa y salió a toda marcha. Inmediatamente después llegó una motocicleta cuyo conductor sacó una radio y empezó a utilizarla. Dado el movimiento, el grupo se apartó del lugar, pero en fracciones de segundos llegaron tres móviles policiales a buscar a dos compañeros, con sus nombres y características físicas. Al mismo tiempo que llegó la motocicleta, una mujer de corta edad irrumpió en la escena (más adelante llamada “La Mandada”). Cuando los policías intentaron detener a uno de los compañeros la mujer de corta edad quiso pegarle una patada a un uniformado, pero el grupo de la carpa logró evitar la situación. La policía intentó de varias maneras detener a los compañeros acusándolos de atentar contra el vehículo y la gente evitó las detenciones y echó al pelotón represivo.

La misma policía que llegó al lugar se subió al Corsa y se lo llevó. Después del hecho, los autos sospechosos no ocupaban más esa posición (la más conveniente para hacer registros de tipo fílmicos), y el Chevrolet no volvió a aparecer durante el cuarto día.

El Uruguayo
La primera noche llegó a las instalaciones de la CAP un hombre joven que decía ser proveniente del Uruguay. Su discurso era ambiguo pero tenía una característica bien marcada: era desordenado e inverosímil. Repetía de manera continua que estaba conectado con el celular de Obama y que iba a matar a Mestre y a De La Sota. Su pretensión era instalar una carpa o pasar la noche en las que ya estaban armadas. Se le ordenó retirarse del campamento y trató de quedarse lo más que pudo. Finalmente se fue. Volvió la segunda tarde y participó del taller antirrepresivo. En ese momento se lo interrogó sobre el Corsa, pero dijo que no era de su propiedad. El tercer día apareció de nuevo y al momento del incidente con los autos su tarea quedó al descubierto. Cuando los compañeros iban hacia el Corsa este servicio de inteligencia se puso de pie y se retiró de la escena, luego apareció señalando a los compañeros de modo solapado, diciendo “éste no hizo nada, éste no hizo nada”, marcando a los compañeros que estaban vinculados a la seguridad de la carpa. Una vez que el grupo logró retirarlo del frente de la policía, El Uruguayo se dirigió hacia el sector del sonido y desconectó los parlantes. Al final se detectó que estaba armado y se lo echó inmediatamente, a él y a otro agente que lo acompañaba, advirtiéndole que no podía volver a aparecer por el lugar.

La Mandada
Entre el momento en que se inició la guardia al Corsa y la expulsión del servicio identificado como El Uruguayo, llegó a la plaza una mujer que intentaba golpear a los familiares y víctimas de la represión y provocando a compañeros vinculados a la seguridad. Ella también decía ser hermana de una víctima de gatillo fácil. Actuó durante tres cuartos de hora, destruyendo carteles, golpeando a la gente que caminaba por el lugar y escupiendo a los que trataban de hablar con ella.
Alejada del sector de la carpa, La Mandada le dio un botellazo en la frente a un skater. El chico, un señor y otra señora hicieron la denuncia telefónica a la policía, que llegó cuando La Mandada estaba alejada del sector de la actividad, en uno de los extremos de la plaza. Los oficiales entablaron un diálogo con la mujer y en un momento puntual ella se dirigió al centro de las instalaciones de la Carpa. Recién en ese momento aparecieron siete móviles policiales (con una sola mujer policía) y empezaron a invadir la actividad, esperaron que La Mandada los agrediera físicamente antes de que los oficiales hombres se abalanzaran sobre ella y la llevaran a la rastra. El acto violaba expresamente cualquier marco de garantías, puesto que la mujer actuaba como si estuviera desequilibrada y alcoholizada; situación que hubiera requerido de atención médica, la presencia de una ambulancia y oficiales mujeres. De todos modos, se intentó contener a los compañeros que intervenían contra el maltrato policial, puesto que se había definido que era una accionar típico de un servicio. Una vez retirada del predio la mujer, los agentes policiales continuaron provocando a los compañeros, a los gritos y desde la calle, buscando a toda costa generar la reacción de parte de la Carpa Antirrepresiva. En vez de esto, los responsables de la actividad repudiaron la provocación por los micrófonos y luego se pudo continuar con la actividad.

El Grabador Humano
Una vez que se echó al Uruguayo, que la policía se llevó su Corsa y que La Mandada fue detenida, se realizó una asamblea para poner en común lo que había pasado. Durante la asamblea apareció un hombre joven que nadie conocía y resultó extraño que se interesara por los temas abordados en una asamblea interna y que no participara opinando. Un compañero se acercó a la persona y se encontró con que llevaba un micrófono entre las ropas. Detectada esta situación, los compañeros le hicieron un cerco, le pidieron que se fuera y el tipo se negó. Le hablaron de manera ininterrumpida por más de media hora, señalando que no iba a poder grabar nada ni escuchar el tratamiento de la asamblea. Pasada la media hora este servicio se retiró del lugar.

Las Falsas Víctimas
La Coordinadora Antirrepresiva de Córdoba tiene un vínculo estrecho con todos los familiares que han denunciado casos de gatillo fácil o situaciones represivas. Hay personas que se hacen pasar por familiares para obtener datos de los padres organizados, estrechar vínculos con ellos, tratar de generar disputas internas, para sembrar sospechas y dudas entre las organizaciones y las familias. Estas falsas víctimas aparecieron en la CAP y aportaron historias más o menos creíbles, como es el caso de “la mandada”; pero lo importante es demostrar hasta qué punto llegan los operativos de inteligencia, de jugar con el dolor de la gente, de meterse con situaciones críticas, como la que atraviesan las víctimas de los fusilamientos policiales, para actuar en contra de la organización y la lucha.

Esta información aquí vertida no es reveladora para nada. El Proyecto X, el accionar de la SIDE, o el caso Balbuena (Policía Federal), demuestran con contundencia la definición de los gobiernos en materia de inteligencia e infiltraciones. Los gobiernos represores necesitan de un aceitado mecanismo de recopilación de datos para frenar la protesta social y la organización del pueblo. Esto pasó en la primera Carpa Antirrepresiva Provincial de Córdoba, al parecer de gran incomodo para el gobierno, que mandó todo el arsenal que pudo para desbaratar la medida. Al mismo tiempo que se transcurrían las actividades en Córdoba, la gendarmería se infiltraba en las filas de los trabajadores de Lear, que mantenían un corte en el puente Pueyrredón (Buenos Aires), como modo de protesta durante el paro inactivo decretado por la GGT y la CTA opositoras. Este corte fue violentamente reprimido y las fuerzas intervinientes actuaron dirigidas por un canoso de campera que minutos antes del operativo estaba metido entre las filas de los trabajadores, tomando datos para detener, lastimar y amedrentar.

El desafío es multiplicar los cortes, las denuncias y las movilizaciones, al mismo tiempo que se denuncia el accionar del aparato de inteligencia de los poderosos. El desafío es instalar carpas antirrepresivas en todos los puntos del país, que al parecer son como la miel para los servicios y la piedra en el zapato para los gobernantes.

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