A los 18, a Jorgito le regalaron un mural

Por María Eugenia Marengo / El pasado 18, día del cumpleaños Jorgito, se organizó un mural desde la Asamblea. En la canchita El Tala, ubicada sobre las vías del tren de Capilla del Monte, se armó la jornada. “Los gurises tienen miedo que la policía los agarre, dice el Polako. Andan de civil y mismo te empiezan a joder”. Con el Polako se hicieron amigos trabajando juntos en una obra. Entre tantas cosas, hacían bici cross. Ahora, le dedica poemas a su amigo, está inspirado. Muchos todavía no caen.

El 18 diciembre, Jorge Reyna llegaría a la mayoría de edad. Dos meses antes la policía cordobesa de Capilla del Monte concluyó su vida. La historia de Jorgito, se entrama hoy en una búsqueda colectiva por justicia.

La mañana del domingo 13 de enero de este año la familia Reyna se despertó temprano, entre gritos. Cuando Olga Tallapietra salió de su casa de San Esteban para saber qué pasaba, vio que la policía saltaba el alambrado para el campo aledaño. -Métase adentro señora, que anda un delincuente- le decían ellos. “Cuando veo a quien sacan -les digo-, ese es mi hijo”.

De su casa lo llevaron al Complejo Nueva Esperanza, a las afueras de Córdoba, junto con otro, más pibito que él, pero lo largaron rápido. Jorgito lo defendía y les decía que no tenía nada que ver. El complejo Nueva Esperanza cuenta con seis edificios, donde van a acomodando a los jóvenes para su “re-educación”. Apenas llegó, estuvo en el edificio “Nuevo Sol”, ahí lo “hicieron re cargar”, como les dijo a sus padres. Después, lo trasladaron a “Paso de vida”, donde están los chicos “más calmados”. Estuvo cinco meses en el Instituto y se dio maña con las manualidades, que le obsequiaba a su mamá. En la carta que les envió desde el Instituto, Jorgito no veía la hora de encontrarlos. “Tengo muchas ganas de comer un guiso de arroz con pollo como los que prepara la mami y que papá me espere con una fresca”. Ansiaba ver a sus hermanos y a sus amigos. Sabía que todavía le faltaban unos meses, pero venía bien.

En mayo Jorgito volvió con sus papás con la convicción de que “no se iba a mandar más cagadas”. Como dicen todos, “se quiso alejar de ese camino malo y empezar por algo bueno, hasta que lo volvieron hacer entrar en la misma. Si todo el tiempo la policía lo perseguía”, revela Olga.

Los últimos días

La última vez que visitó a su familia fue antes del día de la madre. Hacía un tiempo se había ido a lo del abuelo en Capilla del Monte, “me voy con el nono”, dijo. Se fue enojado, se había peleado con los padres. Estaba trabajando en un taller mecánico de Santa Isabel, un barrio de Charbonier, otro pueblito del Valle de Punilla. “Venía tan bonito, camisita a cuadros, -la misma que tenía la noche que lo mataron- jeans, zapatillas nuevas”, recuerda Olga. Estaba impecable.

Pero se volvieron a ver. El 23 de octubre llegó una citación de la policía para presentarse en la Fiscalía de Cosquín por una pericia psiquiátrica para el Instituto de Menores. Ahí, el secretario López lo apuró un poco: -¿quién te vende la droga? -Yo no sé nada, dijo Jorgito.

De regreso, en el colectivo rompió el silencio. -Sabés lo que nos hacer el Comisario Castro, nos hace robar para él. Después va a buscar las cosas, y cuando allanan el lugar queda como parte del procedimiento. Y no le dijo más. Le regaló a su mamá un chocolate y una gaseosa. A Jorgito le gustaba compartir. También de eso se acuerdan los amigos, desde que trabajaba en el taller andaba dulce. Olga se bajó en San Esteban, Jorgito dijo seguir para Santa Isabel.

Juan Castro fue comisario en La Falda, hasta la sospechosa muerte de Brian Palomeque, de 16 años, en el invierno del 2012. Luego del asesinato de Jorge fue trasladado, pero la Siberia le duró poco, de raso en Cosquín, actualmente es Comisario en la localidad de Bialet Masse.

La mañana del 26 de octubre fue confusa para la familia. Un policía se acercó a la casa de San Esteban para avisarles que su hijo estaba detenido en Capilla del Monte por un presunto robo. De ahí, todas las versiones. Mientras unos dicen que entró a las seis y media de la mañana, el comisario declara que fue a las 12 de la noche del día viernes. El abuelo y dos amigos, en cambio, aseguran haberlo visto la mañana del sábado.

Según uno de los dos jóvenes que estuvo con él en el calabozo, el policía Daniel Ochoa le pegó feo. Lo tenía del cuello y lo amenazaba, “largá hijo de puta sino querés que te matemos a vos y a toda tu familia”. Así le dieron hasta el final. Dicen que lo envolvieron con una manta y le pegaban por donde viniera.

La versión policial para los padres fue que Jorgito había entrado en un estado depresivo y se ahorcó con su propia campera. Según recuerda Olga, los golpes los tenía del lado izquierdo: cejas, piernas, costillas. Se lo entregaron casi desnudo, con la camisa a cuadros desabrochada. La causa está radicada en la Fiscalía de Cosquín, a cargo de la Dra. Alejandra Hillman, con la carátula “Reyna, Jorge s/muerte por etiología dudosa”.

Después de la muerte de Jorgito, las y los vecinos decidieron organizarse. Se creó una Asamblea contra la violencia institucional, desde donde se denuncian este tipo de hechos, como una de las consecuencias de la ley contravencional vigente en Córdoba desde 1994, conocida como Código de Faltas.

Una de las figuras más cuestionadas de este código es el “merodeo”, que le otorga una facultad discrecional al policía para que determine quién es el “merodeador” o no. En el marco de esta normativa, se producen 200 detenciones diarias sólo en la ciudad de Córdoba. Con casi veinte años de vigencia, hay una cultura policial que se ha internalizado en el modus operandi de las fuerzas de seguridad, promoviendo un imaginario criminalizador, como medio de legitimación social para su aplicación.
Los amigos de lejos lo observaban. Los hermanos lo pintaron. La madre lo reconoció. Era re-piola el Jorgito, atinó Bryan. Lejos, la policía rearmó el vallado que lo encerró. En el pueblo se corrió la voz, “van a marchar a la comisaría”. En la canchita el Tala los juegos recorrieron los caminos por donde salieron las balas. “Nos mira”, dijo uno y ahí quedó estampado en la pared, de vigilado a centinela. El día le dio paso a la noche, y con su mejor cielo los dejó estrellados entre tanto arrebato; algunos ya le rezan y suman un santito más entre los populares.

 

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