Apuntes para una comprensión posible del Código de Faltas

73milxaño(Por Sergio Job)

He aquí algunos elementos que pretenden ayudar a delinear un acercamiento para una posible lectura crítica (entre otras) a esa herramienta de control y disciplinamiento, tan ajena a nuestros estudiantes de abogacía y a nuestros profesionales del derecho, y tan cercana a nuestros pibes en los barrios.

Comenzar a desentrañar, lenta, humilde y colectivamente, cómo funciona el poder hoy, meterse en sus intersticio, comprender sus lógicas, y en ese camino, al Código de Faltas como una de las herramientas principales que el poder hoy utiliza cotidianamente; entender por qué, cómo y para qué, se considera aquí una tarea urgente y prioritaria para aquellos que pretendemos construir una vida más digna, justa y libre para las inmensas mayorías de nuestro pueblo, en fin, una vida mejor para nosotros y nosotras, nuestros vecinos y vecinas, y para nuestros hijos e hijas. 

I

“Nosotros podemos preguntarnos:
¿Para quién ganamos la batalla?”
Luciano Benjamín Menéndez
(Alegato Final. 24/07/08)

La dictadura militar no fue un capricho. No fue tampoco obra de un grupo de locos. Fue un golpe cívico-militar orquestado desde el norte (léase, imperialismo norteamericano), necesidad de los grandes capitales transnacionales en connivencia con sectores de poder locales. Los militares argentinos fueron sólo una herramienta (vergonzosa e inhumana herramienta) que utilizaron para llevar adelante un plan. El plan era principalmente económico, pero para implementarlo debían modificar todo, necesitaban una clase obrera obediente, pueblos sumisos, personas resentidas y miedosas, precisaban romper las solidaridades, llenar de miedos y culpas, de vergüenza, al conjunto de la población. Los que se resistieran a ser población (Foucault, 2006) y eligieran organizarse, es decir, ser pueblo, deberían ser “aniquilados”, sin eufemismos, así lo dictaba claramente un decreto “democrático” del gobierno de Isabel Perón. Aniquilados.

El trauma social que implicó el secuestro, tortura, desaparición, muerte y un largo etcétera, no sería todo, sino que también se le sumaría la guerra de Malvinas, con sus otras muertes, torturas, abandonos y posteriores “suicidios”. Malvinas sepultó en el ideario social, cualquier idea posible de enfrentamiento al imperialismo. 30.000 desaparecidos después, el país era otro. Los militares habían hecho su tarea.
Sobre todo la habían realizado, porque lograron sentar las bases para que el capitalismo se reconfigurase en estas tierras, en sintonía a lo que sucedía en el resto del planeta. El patrón de acumulación se había desplazado. Por una larga lista de razones (y crisis), el capitalismo industrial había dejado lugar a otra fase, aquella donde el capital financiero marcaría el compás. Argentina entraba a la década del ´80 endeudada con los organismos internacionales, sumergida en un proceso de desindustrialización avanzado (la incipiente mediana, casi pequeña, industrialización que alguna vez supimos conseguir), con los poderes republicanos absolutamente bastardeados y corruptos hasta la médula (cómplices y ejecutores del genocidio), con la moneda nacional atada a los avatares de la divisa norteamericana, y ofreciéndose sin tapujos como una tierra fértil para los capitales golondrinas y el despojo. Definitivamente los militares habían hecho su tarea.

II

“Digna Argentina: los zapatistas de México te saludan.
Vale. Salud y que nunca más la estupidez
se permita democratizar el miedo y la muerte.”
Subcomandante Insurgente Marcos
(México, 24 de marzo del 2001)

Sobrevino una democracia débil, escuálida y miedosa de la vigilia militar. La población entusiasmada intentó volverse pueblo. Creyó que ahora iba a comer, curarse y educarse con-en democracia. Creyó. En los hechos el gobierno radical no fue sino el período donde toda esa estructura económica asentada desde el ´76 tuvo su expresión en el ámbito social (Svampa, 2008). El gobierno continuó democráticamente la dictadura del capital financiero instaurada con las armas. La consecuencia fue el descenso abrupto en la calidad de vida de millones de argentinos y argentinas. Como respuestas socialmente organizadas, comienzan en las grandes ciudades, los fenómenos de las tomas de tierras y de las organizaciones de base (Ciuffolini, 2008), germen de los grandes movimientos sociales que se harían visibles en los noventas. Por otro lado, los sindicatos (en su mayoría con direcciones peronistas) se hacen eco del profundo descontento social, y aprovechan para sentar las condiciones políticas para una derrota segura del radicalismo en las próximas elecciones. Nueve paros generales con alto acatamiento es un índice que permitía medir la situación de la clase trabajadora. Como respuesta desorganizada, y ante el derrumbe total de los planes económicos intentados por el gobierno nacional, estalla una ola de saqueos que da el golpe de gracia de un gobierno tambaleante que había decidido continuar con las políticas neoliberales.

Los noventa comienzan con un gobierno peronista al frente del aparato estatal, con las bases económicas del neoliberalismo o capital flexible (Sennet, 1998) sentadas, y con parte de las consecuencias sociales a la vista. Venía el momento de profundizar el modelo, eso implicaría más mentiras, más saqueo, más corrupción, más traiciones, y además una expresión política y legal que condensara el brutal proceso de revolución desde arriba (Gramsci, 2004) y de los de arriba, que había sucedido en estas tierras. Fue entonces que se suscribe el Pacto de Olivos entre los dos partidos mayoritarios, pacto que continúa en la reforma constitucional del ´94.

III

La reforma del ´94 sucede ante la apatía e indiferencia de las mayorías populares, que se ven obligados a votar a quienes integrarían la asamblea constituyente encargada de modificar la expresión jurídico-política (supuestamente) principal de un Estado. Un hecho fundamental en la historia de un pueblo, de una nación, de un Estado, y apenas si hubo discusiones, es que el mundial de fútbol que se jugó (¡oh, que justa coincidencia!) en Estados Unidos acaparó atenciones. También el atentado a la AMIA lo hizo.

Como dice Lewkowicz “en rigor, parecía que más que la consumación de un pueblo en un Estado que lo representa, era el acto de autoinvestidura de un Estado por fuera de un pueblo al que representar. El silencio colectivo que rodeaba la ruidosa Convención así lo sugiere. No asistimos entonces a la consumación sino a la des-realización, la volatilización de la sustancia pueblo en el fundamento supuesto del Estado representativo” (2006; 21). Entonces sucedió una reforma profundamente neoliberal, hija legítima de la dictadura militar de dos décadas atrás: una reforma producto de un acuerdo entre cúpulas, de espaldas a las mayorías populares que entendían (y de ahí la apatía) que no era un hecho fundamental de su historia lo que estaba sucediendo, sino por el contrario era la expresión/condensación jurídica que el Estado realizaba de una estado de cosas tangible, ya realizado en gran parte. La Constituyente plasmó la apatía, el acuerdo entre cúpulas, la vergüenza, el miedo, la fragmentación, dejó en claro la ausencia de pueblo, la población se dividía (brutalmente ahora) entre los excluidos , y esa otra población que era la gente, dispersa y miedosa, egoísta, autista casi.

Esa gente no era pueblo, pero tampoco ciudadanos y ciudadanas. Era gente sin rostros, sin futuros (porque, entre otras cosas, la historia había terminado con el ruidoso “triunfo” del capitalismo ante la estrepitosa caída del muro, y con él, del campo soviético, esa alternativa del socialismo real como les gusta llamar a los escritores de best sellers políticos, Fukuyama a la cabeza), sin proyectos, sin voz, esa gente debía ser expresada de alguna manera en la nueva biblia legal que se daba el Estado. Esa gente (no los excluidos) gozaría de la emergencia de sus propios derechos (al menos de manera declarativa): el artículo 42 de la nueva Constitución Nacional les da un lugar a ellos, a los nóveles consumidores. La clase social era ahora un factor válido constitucionalmente para diferenciar a los habitantes del Estado, a unos se les otorgaba más derechos que a otros, algo así como un apartheid clasista.

La cigüeña (que parecía ave rapaz) trajo un nuevo sujeto de derecho, en esta lejana patria del cono sur ha de nacer (relaciones carnales con el norte mediante) el consumidor, ese hijo débil del neoliberalismo que los padres transnacionales ultrajarán una y otra vez; hijo que desde su cuna, pataleará hasta el cansancio cuando ese corralito le enrostre la inutilidad de sus derechos ante padres altos y grandes que se mueven sin respetar los límites que a él le inculcaron hasta el cansancio, como el sagrado artículo 17 de la Constitución Nacional (inviolabilidad de la propiedad privada), o el reciente artículo 42 en el que tanta fe había depositado.

IV

El consumidor y la consumidora como sujeto de derecho, nacía en 1994. El nuevo Código de Faltas de la provincia de Córdoba también. ¿Casualidad? Veamos.

El Código de Faltas “democrático” (como el decreto de exterminio de la subversión de Isabel Perón) profundiza drásticamente la selectividad del sistema penal, ¿hacia quienes focaliza aún más su mirada? Algunos ejemplos de conductas comprendidas por su normativa son la de mendigar (art. 46), o la de prostituirse escandalosamente (art. 45), o la concurrir a reuniones públicas tumultuarias, autorizadas o no (art. 99), o esa famosa acción de merodear (art. 98). Ninguna de estos parece ser comportamientos típicos de la gente, es decir, de los consumidores o consumidoras.

Un consumidor o consumidora no mendiga “porque trabaja”. ¡Válgame dios! Obviamente que no se prostituye… escandalosamente; un consumidor o consumidora en todo caso, si se prostituye lo hace en departamentos o clubes exclusivos destinados a otras consumidoras y consumidores decentes y poco escandalosos. Claro está, que no forma parte de reuniones públicas, porque adora su espacio privado. Hubo excepciones en la historia reciente del país, y siempre estuvieron relacionadas motorizadas por algún “ataque” sufrido a lo que posibilita su condición de consumidor, es decir, el bolsillo. Cuando le tocaron los ahorros con el corralito en 2001. Cuando pidieron a gritos o con vela en mano, endurecer las cosas frente a ese “ejército animal de asesinos insaciables que limpian vidrios y se drogan todo el día”. Cuando el decreto 125 intentó regular una porción de las exportaciones agrícolas de la nación. Todas cosas que en un país “serio” no tendrían por qué haber sucedido, y por ende, son excepciones justificadas de sobra. Y por último, bien sabido es que los consumidores y consumidoras no merodean, o caminan rápidos hacia o desde sus trabajos, o van de “shopping”.

El consumidor y la consumidora, muestran, en las variopintas razones de sus “reuniones públicas”, una incapacidad absoluta de discernimiento, de poder construir un entendimiento que supere lo superficial, lo que está expuesto en vidriera. Cualquiera que intente tocar lo que fundamenta su condición de consumidor (es decir, su dinero) es el enemigo. No hay comprensiones, análisis, orígenes, razones. Hay un mundo hostil que intenta quedarse con lo que le “corresponde”, sólo eso. Todo mezclado, todo revuelto, lo mismo da si es un banco o un arrebatador de carteras.
Así, aterrados se defienden como pueden de aquellos que quieren quitarles sus migajas. El robo desde arriba (transnacionales, bancos, Estado, “políticos”) es vivido como una tragedia, en el sentido más lato y religioso del término, una tragedia en el profundo sentido griego, donde la voluntad de los dioses es inmodificable, los sucesos se encuentran trágicamente predestinados y nada pueden hacer ante eso.

Pero ese temor que inspiran los de abajo, ese terror a ser despojado de lo ganado con el sudor de la frente por “algún vago”, ese miedo sí que puede enfrentarse. Poco importa si “las soluciones” parecen placebos que ni siquiera mitigan los síntomas más agudos de un problema bastante más profundo. Es frente a ellos donde mis demandas son escuchadas por el Olimpo estatal. Ante el pedido de mano dura son escuchados. Frente al reclamo de más policía son correspondidos con la saturación de efectivos en las calles (esos mismos policías que el consumidor desprecia por “ignorante”, y del que desconfía profundamente). Hasta los gritos desaforados exigiendo golpizas y sufrimientos para aquellos que osan arrebatar un celular tienen eco en el aparato estatal. Lógico es entonces, que también este rosario de pedidos y exigencias tenga un código que plasme legalmente las diferencias de clase, de status, he ahí el Código de Faltas.

V

Del Código de Faltas se puede afirmar que sin lugar a dudas es una efectiva herramienta de disciplinamiento social. Nada se puede decir sobre su capacidad para enfrentar el delito menor. Debe entonces reflexionarse seriamente sobre las verdaderas finalidades de dicho código. Algunas características básicas pueden ayudarnos a delinear cómo funciona, cuál es la finalidad de esta herramienta.

Si debemos enmarcar el código dentro de planes ideológico-políticos, el mismo puede englobarse en lo que se ha dado en conocer como doctrina de seguridad ciudadana. Producida también en los países imperialistas del norte, y al igual que aquella otra doctrina de seguridad nacional, ésta también es un plan regional para todo el subcontinente. Las similitudes son muchas si se profundiza un poco: el rol de los medios masivos de comunicación atizando hasta el hartazgo el tema de “la inseguridad” (antes los subversivos); la identificación de población peligrosa (tarea a la que las clases dominantes son tan propensas desde siempre), que en el presente se identifican en dos grupos claramente delimitados: los pobres y los que se organizan, esas políticas de Estado que se conocen como criminalización de la pobreza y criminalización de la protesta; los fines de ambas doctrinas se emparentan, lograr o sostener o profundizar la reproducción de un sistema económico absurdo y profundamente desigual, para lo cual se debe generar una sociedad divida, hostil, apática, llena de vergüenza, desorganizada y sobre todo miedosa, muy miedosa, que permita que el sistema económico continúe.

En un intento por seguir marcando algunos de los rasgos que se creen fundamentales del Código de Faltas, no se puede dejar pasar por alto el importante rol que juega idea de prevención, una idea harto conocida en un mundo que aceptó (y se acostumbró) a que existan guerras preventivas, las que permiten que Estados Unidos bombardee, mate millones de civiles, invada y haga negocios en la otra punta del globo para prevenir. Algunos sostienen que con esas guerras lo que se está previniendo no es sino la debacle de la economía norteamericana, y poco y nada tiene que ver con la seguridad del gigante del norte. ¿Es que acaso con el Código de Faltas sucederá algo parecido o es sólo una infeliz coincidencia? En caso que se encontrara algún hilo conductor ¿Qué está previniendo verdaderamente el Código de Faltas (y el consecuente despliegue desmesurado de efectivos policiales por todo el territorio que garantiza su ejecución)?

Otra característica fundamental del código es su aplicación extensiva. Al contrario del código penal, el contravencional no aplica penas muy severas (aunque alguien, con justar razón, puede argumentar que pasar 1 hora privado de su libertad en las terribles condiciones de detención que existen, y para colmo por “prevención”, ya es una pena severa de sobremanera) sino que se caracteriza por alcanzar a la mayor parte de la población peligrosa posible. Raro es encontrar un joven pobre (morocho preferentemente) de los barrios cordobeses, o un militante de organizaciones territoriales, que no haya pasado alguna vez por los calabozos de una comisaría, o por alguno de los pisos de la UCA (Encausados), o más recientemente, por la comisaría 18, allá en Villa Libertador, actualmente lugar de destino de los contraventores. La función disciplinadora de este accionar es inocultable: la amenaza (y demostración) siempre presente del poder Estatal que puede actuar a discreción en cuanto el sujeto no acepte los caprichos del poder.

Pero creer que sólo esa es la tarea es quedarse apenas en la antesala. La función estigmatizadora que tiene este accionar sobre los sujetos es fundamental. No es casualidad (a esta altura nada parece serlo) que Foucault (1989) señale como uno de las transformaciones en las relaciones de poder el surgimiento de una nueva técnica de administración de poder, que caracteriza como altamente individualizador, orientado hacia los individuos y destinadas a dirigirlos de manera continua y permanente. A ese poder lo denomina pastoría. Es preciso aclarar, antes de continuar, que este poder altamente individualizante, se entiende aquí, convive, o se superpone de algún modo con un ejercicio del poder sobre territorios y poblaciones.
Como se intuye, esta técnica de poder tiene profundas raíces religiosas, más precisamente en la tradición judeo-cristiana. La idea de rebaño y pastor (que conoce y cuida a cada una de las ovejas) es una idea muy distinta del poder ejercido sobre un territorio determinado y la población que allí se encuentra. No es tema del presente escrito profundizar sobre los pormenores del proceso histórico por el cual este poder religioso va siendo utilizado por el Estado, empero sí se considera interesante señalar que “la técnica” de poder no puede pensarse por fuera del sistema de creencias y de lógicas que permite que esa técnica funcione. También pensando en los efectos o finalidades de el ejercicio de determinadas técnicas de poder en detrimento de otras.

Es en ese punto donde un párrafo del francés enciende luces que permiten delinear algunas posibles continuidades. Leo –sí, en primera persona, porque la interpelación es directa, es no académica, conmueve las entrañas- el párrafo y repito mentalmente decenas de frases que los pibes del barrio dicen como al pasar cuando charlamos. Releo y pienso en la comisaría, en los roles de los policías al momento de dirigirse a los detenidos. Dice Foucault “todas estas técnicas cristianas de examen, de confesión, de dirección de conciencia y de obediencia tienen un objetivo: conducir al individuo a efectuar su propia “mortificación” en este mundo. La mortificación no es, por supuesto, la muerte, sino una renuncia a este mundo y a sí mismo: una especie de muerte cotidiana” (1989; 56). Se podría decir tanto, pero apenas voy a limitarme a decir en voz alta una especie de pregunta-malestar: ¿no es acaso la propia “disciplina” del sujeto lo que el código de faltas busca? ¿no es la muerte como ciudadano (es decir quien habita, circula y tiene derecho a la ciudad) lo que el código logra? ¿no hay una dolorosa renuncia a este mundo y a sí mismo al auto-negarse en venir al centro o en llamar ¡ellos mismos! merodear al salir de paseo? ¿no hay acaso una muerte cotidiana del joven pobre en la ciudad? ¿acaso la desaparición será la forma predilecta de la muerte en la argentina del capital flexible? Vuelvo a la primera oración: la dictadura no fue un capricho, sus métodos tampoco.

VI

Pero todas estas técnicas individualizantes que habilita (entre otras herramientas) el Código de Faltas, de algún modo que habrá que estudiar más profundamente, parecen superponerse a un poder de policía (en el sentido amplio del término, y restringido también) que ejerce su poder sobre territorios y poblaciones, regula la circulación de cuerpos (que moldea), genera espacios permitidos o prohibidos, regula la circulación de capital, las presencias y las ausencias de sujetos, establece los tiempos. Algo así como un gran sistema de semáforos sociales donde el único color es el azul (policía).

Se debe comprender que cuando se refiere a territorio, bajo ningún punto de vista se remite a una idea solamente de suelo a secas, sino que aquí territorio es un espacio con contenido (y que contiene), que visualiza y permite entender el conjunto de relaciones sociales que se articulan entorno a él, sobre él y en él; es un espacio siempre en disputa, con fronteras que delimitan, diferencian y protegen. Ese es el territorio que se (intenta) moldear y regular con el Código de Faltas y el modo de su ejecución.

En este sentido, es llamativo (rectifico, es absolutamente coherente) que la institución policial al momento de pensar la ciudad ha definido “áreas críticas” o “zonas estratégicas” que contrario a lo que podría pensarse, no refiere a las zonas con altas tasas de delitos, ni donde se concentran, asientan y expanden las redes delictivas en nuestra ciudad (Ferrero, Job; 2009). Nada de eso, las “áreas críticas” son el Centro y Nueva Córdoba ¡Tierra de consumidores! Y espacio predilecto de circulación y concentración de capital, claro está.

VII

Mención aparte, pero en continuidad, merece una norma aberrante desde el punto de vista republicano, que contiene el Código de Faltas de la provincia de Córdoba. El artículo 15 del cuerpo legal establece que la asistencia letrada del presunto contraventor no será necesaria en ninguna etapa del proceso. Hay que reconocerle el mérito de ser un artículo coherente con el espíritu del conjunto del Código, y con el proceso histórico en que el nacimiento del mismo está enmarcado. Es inconstitucional hasta la médula. Atropella los derechos más básicos de aquellos sobre los que recae la normativa contravencional. Y además, continúa profundizando la debilidad de los poderes republicanos, carcomiendo las bases mínimas de la democracia formal, esa democracia enclenque que nos legó la dictadura y la “democracia” del capital flexible se preocupó en mantener igual (igual de débil e impotente). Este monstruoso artículo es una demostración más de una voluntad política por profundizar la construcción de democracias-carcarones, o eso que algunos autores denominan “democracias de baja intensidad” (O´Donnell, 2007).
Este Código democrático, aprobado en noviembre de 1994 por el conjunto de las fuerzas de los partidos mayoritarios de Córdoba, este Código es una demostración más de la democracia que quiere poder: democracia formal para (casi) todos, normas que facilitan y continúan el sistema económico dominante, algunas pocas herramientas declarativas que pregonan proteger a la gente (consumidores), y silencio, control y hambre para el resto, para la inmensa mayoría.

VIII

Dictadura. Cambio en el patrón de acumulación: etapa donde el capital financiero marca el compás y configura de algún modo un mundo distinto. Continuidad del sistema económico por parte de los gobiernos surgidos del correcto cumplimiento de los requisitos formales de la democracia representativa. Reforma Constitucional de 1994. Nuevo sujeto de derecho: el ciudadano. Surgimiento del Código de Faltas de la provincia de Córdoba, también en 1994. Selectividad del sistema penal, profundizado. Apartheid clasista. Doctrina de la seguridad ciudadana. Prevención. Aplicación extensiva. Técnicas de poder individualizantes: pastoría. Derecho a la ciudad. Control de territorios. Configuración de cuerpos (desaparecidos). Democracias débiles y formales.

He aquí algunos elementos que pretenden ayudar a delinear un acercamiento para una posible lectura crítica (entre otras) a esa herramienta de control y disciplinamiento, tan ajena a nuestros estudiantes de abogacía y a nuestros profesionales del derecho, y tan cercana a nuestros pibes en los barrios.
Comenzar a desentrañar, lenta, humilde y colectivamente, cómo funciona el poder hoy, meterse en sus intersticio, comprender sus lógicas, y en ese camino, al Código de Faltas como una de las herramientas principales que el poder hoy utiliza cotidianamente; entender por qué, cómo y para qué, se considera aquí una tarea urgente y prioritaria para aquellos que pretendemos construir una vida más digna, justa y libre para las inmensas mayorías de nuestro pueblo, en fin, una vida mejor para nosotros y nosotras, nuestros vecinos y vecinas, y para nuestros hijos e hijas.

BIBLIOGRAFÍA

CIUFFOLINI, M.A. (2007) En el llano todo quema: movimientos y luchas urbanas y campesinas en la Córdoba de hoy. EDUCC. Córdoba.
FERRERO, M. y JOB, S. (2009) La fuerza de la democracia (o democracia a la fuerza). Presentado en “X Congreso Nacional de Sociología Jurídica, Legalidad y legitimidad: confrontaciones sociales en torno al Derecho”. Córdoba.
FOUCAULT, M. (2006) Seguridad, territorio, población. Fondo de Cultura Económica. Bs. As.
FOUCAULT, M. (1989) El poder: cuatro conferencias. Ed. Universidad Autónoma Metropolitana. México.
GRAMSCI, A. (2004) Antología. Ed. Siglo XXI. Bs. As.
LEWKOWICZ, I. (2004) Pensar sin Estado. La subjetividad en la era de la fluidez. Ed. Paidós. Bs.As.
O´DONNELL, G. (2007) Disonancias. Críticas democráticas. Ed. Prometeo. Bs. As.
SENNETT, R. (1998) La corrosión del carácter. Ed. Anagrama. Bs. As.
SVAMPA, M. (2008) Cambio de época. Ed. Siglo XXI. Bs. As.

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